Un Proyecto de Vicente (Tex) Hernandez

El Anhelo Insaciable de Pandora

La curiosidad llevó a Pandora a abrir su ánfora. ¿Nos dejamos llevar por la curiosidad, como ella? ¿Qué buscamos en la vida? ¿Seguramente algo especial, como la felicidad? Contra toda advertencia, Pandora levantó la tapa, esperando una bendición de los dioses. En su curiosidad se escondía el deseo de algo mejor. En cambio, la enfermedad, la muerte, el sufrimiento, la codicia y la envidia escaparon y se extendieron por el mundo

DAR SENTIDO

TH

6/5/20264 min leer

Siempre hurgamos en el ánfora de Pandora buscando un bien que nos haga más felices, pero todo lo que sacamos de ahí termina en amargura. ¿No es esa la historia de nuestras vidas? Tendemos a buscar lo que parece más conveniente o atractivo, a menudo sin pensar en las consecuencias.

En la antigüedad, los dioses moldeaban las ambiciones del corazón humano: poder, riqueza y placer. Cada deidad contribuía, de una forma u otra, a intentar llenar el vacío que alberga el alma. Y así sigue siendo hoy. ¿Acaso no deseamos ese poder, esa riqueza y ese placer por encima de todo? El desafío consiste en que nada de ello es suficiente; y cuando por fin lo poseemos, termina por aplastarnos. Todo exceso vacía de sentido aquello que gozamos. Tarde o temprano, al no alcanzar nunca una satisfacción completa, terminamos sumidos en la angustia.

Siempre hay algo que se antoja más atractivo, más deseable y de mayor Calidad. ¿Qué es mejor que un Fiat? Un Ferrari. ¿Y qué es mejor que un Ferrari? Dos Ferraris: uno de diario y otro para el fin de semana. En nuestro país, se descubrió que un funcionario del gobierno poseía 40 automóviles de lujo. ¿No eran suficientes dos Ferraris?

¿Es malo tener un Ferrari? Desde luego que no. Sin embargo, el Ferrari dañaría si, de alguna manera, nos desviará de lo que realmente importa. La ambición, el poder, la riqueza y el placer no son el enemigo; lo son las mentiras que arrastran y el hueco que dejan por dentro. Tarde o temprano, la falsedad de estos valores lleva a los más afortunados a buscar algo más estable: una brújula personal que los oriente hacia el auténtico sentido de la vida. Es una pena que no todos llegan a esta madurez personal.

¿Qué significa esto de darle sentido a la vida? Para empezar, un sentido nos da dirección. Esta dirección se puede equiparar a la estrella del Norte, la Polaris, que marca el rumbo al navegante. Pero ¿dirección hacia qué, exactamente?

Todos anhelamos una vida que nos haga sentir bien. Lo que eso significa es distinto para cada persona. Puede que ya sepas lo que buscas, incluso tengas un plan. Pero ¿están realmente alineados tus planes? ¿Estás llevando tu vida hacia lo que de verdad importa?

Entonces, ¿cómo nos aseguramos de no ir por la vida improvisando? Declara tus prioridades. Ordena tus planes. Define tu propósito. Oblígate a reflexionar sobre lo que realmente importa: los valores que vivimos, no solo las metas que perseguimos.

Los viejos hábitos se resisten al cambio. El poder, la riqueza y el placer siguen ocupando el centro del escenario. Pero, de alguna manera, la buena noticia es que conservamos la esperanza de cambiar el enfoque y así alinear esas metas con lo que realmente importa. Por ejemplo:

Yo quiero riqueza—no solo para mí, sino también para mi familia, mis amigos, mis socios y las personas que dependen de mí. Lo mismo con el poder: desde mi posición, busco mejorar los servicios, elevar el entorno, ejercer una influencia positiva y generar un impacto real. ¿Y el placer? El verdadero placer no es solo indulgencia; está en el amor, en una vocación, en contribuir a la paz y en mejorar el ambiente que nos rodea.

Encontrar significado da dirección. Pero ¿cuál es el motor que da este significado? Ese motor es la felicidad. Todos buscamos en nuestros planes y metas una especie de felicidad huidiza. Ahora cabe preguntarse: ¿dónde encontramos esa felicidad auténtica?

La felicidad es el resultado de algo que todos tenemos a mano, algo que todos debemos descubrir: no hay mayor satisfacción que encontrar sentido y dirección en el amor.

La necesidad de amar y ser amados está forjada en nuestra naturaleza, dando sentido a todo lo que hacemos. Pero el amor solo es verdaderamente satisfactorio cuando trasciende el yo, porque para amar y ser amados se necesitan dos. Un amor egoísta es incompleto: se centra en uno, no en dos; el amor solo es amor en la medida en que concierne al otro.

Amamos verdaderamente a alguien por lo que es, no por el beneficio que obtenemos de él. Y así, llegamos a una comprensión más profunda de la verdadera naturaleza del amor cuando se expresa incluso hacia alguien que padece una enfermedad física o mental. El amor genuino nos impulsa a cuidar sin esperar nada a cambio.

Este tipo de amor se manifiesta incluso en lo sencillo: en hacer el bien a los demás, en impulsar un proyecto que busque el bienestar común, en un compromiso espiritual o en el cuidado de un negocio familiar que exige reinventarse. Porque al procurar el bien ajeno, siempre descubrimos una forma de reciprocidad.

La reciprocidad egoísta es fugaz; pero cualquier acto realizado por el bien de los demás tiene un significado duradero. Al final, el significado, los valores y el propósito apuntan a una sola cosa: el amor, no como sentimiento, sino como motivación.

El amor transforma nuestras metas, replantea nuestras ambiciones y da profundidad a nuestras vidas. Ya sea a través de servicio, de sacrificio o benevolencia, el amor es el hilo que mantiene todo unido. Sin él, hasta los mejores planes fracasan. Con él, hasta el gesto más pequeño cobra profundidad. No podemos vivir sin amor.

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